Hay un tipo de malestar que cuesta mucho explicar, incluso a uno mismo. No es tristeza, no es ansiedad, no es que haya pasado nada grave. De hecho, visto desde fuera, la vida funciona: el trabajo, la pareja, los planes del finde. Y aun así, en algún momento del día —muchas veces de noche, cuando por fin se hace el silencio— aparece esa pregunta incómoda: «¿esto es todo?». A esa sensación la llamamos vacío. Y es mucho más común de lo que parece.

No, no eres una persona desagradecida

Lo primero que suele aparecer junto al vacío es la culpa. «Tengo de todo, no tengo derecho a sentirme así.» Es una trampa. El vacío no se cura comparándolo con quien está peor, igual que el hambre no se quita diciéndote que en otros sitios pasan más hambre. Sentir que algo falta no te convierte en alguien malagradecido: te convierte en alguien que está prestando atención.

Porque el vacío rara vez es ausencia de cosas. Suele ser ausencia de sentido. Y eso es muy distinto. Puedes tener la agenda llena y la vida vacía, igual que puedes tener poco y sentirte profundamente conectado con lo que haces.

El vacío como mensajero, no como enemigo

En mi forma de trabajar, desde una mirada humanista y existencial, no entiendo el vacío como un fallo que hay que reparar cuanto antes. Lo entiendo más bien como un mensajero. Algo en ti está señalando que hay una distancia entre la vida que llevas y la vida que de verdad te importa. Quizá te has pasado años cumpliendo expectativas —las de tu familia, las de tu entorno, las de una versión tuya de hace diez años que ya no eres— y en algún punto dejaste de preguntarte qué quieres tú.

El vacío, visto así, no viene a hundirte. Viene a avisarte. Lo difícil es que avisa de una manera muy poco agradable: con desgana, con la sensación de estar viviendo en automático, con esa rara nostalgia de algo que ni siquiera sabes nombrar.

Por qué taparlo no funciona

Lo más natural del mundo es intentar llenar ese hueco rápido: más trabajo, más pantallas, más planes, más compras, más ruido. Funciona un rato. El problema es que son tiritas sobre algo que no es una herida en la piel, sino una pregunta sin responder. Cuando el ruido para, el vacío sigue ahí, a veces un poco más grande.

No te digo esto para que te sientas peor, sino para quitarte una presión: si llevas tiempo intentando «distraerte» de esto y no se va, no es que lo estés haciendo mal. Es que el vacío no se llena desde fuera. Se atiende desde dentro.

¿Vacío, aburrimiento o algo más?

Conviene distinguir. El aburrimiento es pasajero y se va con un cambio de actividad. El vacío del que hablo es más de fondo: una desconexión que te acompaña aunque cambies de plan. Y hay un tercer caso que merece atención: cuando ese vacío viene con falta de energía constante, con incapacidad para disfrutar de casi nada, con la sensación de que cuesta hasta levantarse, puede estar hablándonos de algo más cercano a la depresión. No para asustarte, sino para que sepas que, si es tu caso, pedir ayuda no es exagerar: es cuidarte.

Qué sí ayuda

No hay fórmulas mágicas, pero sí hay un camino, y suele empezar por algo aparentemente sencillo: parar y escuchar en lugar de huir. Hacerle hueco a la pregunta en vez de silenciarla. En terapia trabajamos justamente eso: poner palabras a lo que sientes, entender de dónde viene, y volver a conectar con lo que te da sentido —tus valores, tus vínculos, las cosas pequeñas que te hacen sentir vivo—. A veces el vacío aparece en un momento de cambio (una mudanza, una ruptura, los 40, el nido vacío), y entonces hablamos de una crisis vital: un «¿y ahora qué?» que, bien acompañado, puede convertirse en una de las etapas más transformadoras de tu vida.

Aprender a gestionar lo que sientes no es ponerte una coraza ni «pensar en positivo». Es entenderte mejor, dejar de pelearte contigo y empezar a tomar decisiones desde tu propia voz, no desde el piloto automático.

El vacío no se llena haciendo más cosas, sino dándole sentido a las que haces.

No hace falta tocar fondo para pedir ayuda

Una de las ideas que más me gustaría que te llevaras es esta: no necesitas estar destrozada o destrozado para merecer un espacio para ti. A veces solo hace falta alguien que te acompañe a mirar de frente esa pregunta que llevas tiempo esquivando, y a encontrar tus propias respuestas —que casi siempre ya estaban ahí, un poco tapadas.

Si te has reconocido en este texto, quizá sea una buena señal para empezar. Puedes reservar una primera llamada gratuita de 15 minutos, sin compromiso, y me cuentas qué te está pasando. A veces, ponerle palabras por primera vez ya es el primer paso.

Soy Andrea Doadrio, psicóloga sanitaria en Hortaleza (Madrid) y online. Acompaño a personas que, como tú, quieren entenderse mejor y volver a sentir que su vida tiene sentido.

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