Hay una idea que nos han contado mal sobre el duelo, la de que se supera, como si fuera un examen o una gripe.
El duelo no se supera, y por eso, meses después, cuando seguimos echando de menos a quien ya no está, o a la vida que imaginábamos, nos sentimos fracasados/as, como si estuviéramos haciendo algo mal. Soy Andrea Doadrio, psicóloga sanitaria en Hortaleza (Madrid), y hoy quiero contarte otra manera de mirarlo.
El duelo no se supera: qué es en realidad
El duelo es la forma que tiene el amor de reorganizarse cuando la persona que queríamos, o el vínculo, o la vida que imaginábamos, ya no está de la manera en que estaba antes. Por eso duele tanto: no estamos perdiendo algo pequeño, estamos perdiendo una parte del mapa con el que nos orientábamos en el mundo.
A veces el duelo llega por una muerte, y a veces llega por otras pérdidas que también merecen ser lloradas aunque nadie nos mande flores por ellas: una ruptura, un trabajo, una salud que cambia, una etapa que se cierra. Todas esas pérdidas piden el mismo cuidado.
Muchas veces el duelo se complica en personas muy responsables, muy acostumbradas a sostener a los demás y a no dar problemas. Personas que aprenden que mostrar que no están bien no es una opción, así que siguen adelante como si nada, aunque por dentro se estén rompiendo un poco cada día.
Ni el mejor cirujano del mundo puede operarse su propia espalda. Pedir ayuda en el duelo no es debilidad, es cuidarte como cuidarías a quien más quieres.
Las fases no son una escalera, son una espiral
Seguro que has oído hablar de las fases del duelo: la negación, la ira, la negociación, la tristeza, la aceptación. Está bien conocerlas porque ayudan a entendernos, pero no vienen en orden, ni se van una vez que llega la siguiente, sino que vuelven, se mezclan, y un día en el que creíamos haber avanzado mucho aparece de nuevo la rabia, o la añoranza, sin avisar.
Yo prefiero pensarlo como una espiral y no como una escalera: vamos dando vueltas alrededor de la pérdida, y cada vuelta nos deja un poco más lejos del dolor más agudo, aunque el centro siga estando ahí, siempre, con nosotros.
El cuerpo también hace duelo
El duelo no vive solo en los pensamientos, vive en el cuerpo: en el nudo en la garganta, en el cansancio que no se explica con nada, en el sueño que no llega o que llega demasiado. Por eso cuando acompañamos un duelo en terapia para el duelo no hablamos solo de lo que pasó, escuchamos también lo que el cuerpo está intentando decir.
En resumen: el duelo no se supera en un plazo fijo, es una relación con la pérdida que va cambiando de forma, se trata de aprender a llevarlo, no de superarlo.
Señales de que tu duelo necesita más espacio
No hay una lista mágica, pero estas son cosas que veo a menudo en consulta cuando un duelo necesita más espacio del que le estamos dando:
- Sigues funcionando por fuera, pero por dentro todo está parado. Vas al trabajo, respondes mensajes, cumples con lo que toca cada día, y sin embargo hay una parte de ti que se quedó detenida en el momento en que todo cambió, como si el reloj de fuera siguiera andando y el de dentro se hubiera parado sin que nadie se diera cuenta.
- Te cuesta hablar de la persona o de lo perdido sin cambiar de tema enseguida. Decirlo en voz alta todavía duele demasiado, y evitarlo te da una sensación de calma que en realidad es solo aplazamiento, no alivio de verdad.
- Hay una culpa que no te suelta, aunque no sepas muy bien de qué. Te preguntas si podrías haber hecho algo distinto, y esa pregunta vuelve una y otra vez, aunque en el fondo sepas que gran parte de lo ocurrido nunca dependió solo de ti.
- El cansancio no se va por mucho que duermas. No es solo sueño, es un agotamiento que no se explica con las horas que pasas en la cama, porque sostener un duelo por dentro consume mucha más energía de la que parece.
- Te exiges estar bien antes de lo que tu propio proceso necesita. Te pones plazos, y cuando pasan y sigues sintiendo lo mismo, te lo tomas como un fallo personal, cuando en realidad el duelo no entiende de calendarios.
- Evitas lugares o fechas que te acercan a lo que sientes. Hay sitios, canciones, aniversarios que rodeas para no tener que sentir lo que te provocan, y aunque a corto plazo alivia, con el tiempo te va dejando una vida cada vez más pequeña.
Cómo empezar a acompañar tu propio duelo
Si te reconoces en varias de las señales anteriores, aquí tienes algunos puntos de partida, sin prisa y a tu ritmo:
- Permítete sentir sin ponerle una fecha límite. No hace falta que decidas de antemano cuánto tiempo te vas a dar, cada duelo tiene su propio calendario y el tuyo no tiene por qué parecerse a ningún otro.
- Habla de lo perdido con alguien de confianza, aunque sea un rato. No hace falta un discurso entero ni tener las ideas claras, a veces basta con nombrarlo en voz alta, sin buscar todavía ninguna conclusión.
- Escucha al cuerpo. El cansancio y el nudo también forman parte del duelo, no le exijas rendimiento a un cuerpo que está ocupado sosteniendo algo muy grande por dentro.
- Cuida los rituales propios. Escribir una carta que nunca envíes, visitar un lugar, guardar un objeto, no hay una forma correcta de despedirte, solo la tuya.
- Si sientes que no puedes con esto sola o solo, pide ayuda. A veces lo que más alivia es tener un espacio, una vez por semana, donde no tengas que sostenerlo todo tú.
Si te reconoces en esto, quiero decirte algo importante: no tienes que superarlo en un plazo, ni estar bien para los demás. No es que no lo estés haciendo bien, es que llevas encima algo que pesa, y sostenerlo con una sonrisa no lo hace menos pesado.
La buena noticia es que ese peso se puede acompañar. No para que desaparezca de golpe, sino para que encuentre un lugar donde moverse: vuelves a dormir, a hacer planes, a recordar sin que te rompa por dentro cada vez.
Si estás atravesando un duelo y te apetece hablarlo, escríbeme o reserva una primera llamada gratuita de 15 minutos. Aquí no tienes que estar bien todavía.
Escríbeme por WhatsApp Cuídateme. Un abrazo, Andrea.Psicóloga sanitaria y social · Colegiada M-32242 · EMDR e hipnoterapia