Sobre perfeccionismo y autoexigencia

Lo que nunca es suficiente: cuando exigirte se disfraza de quererte bien

¿Y si eso que llamas disciplina, esa vocecita que repasa cada cosa que has hecho buscando la grieta, no fuera fortaleza sino una forma agotada de quererte mal, tan aprendida que ya ni la notas?

Vamos a empezar por algo que casi nunca se dice en voz alta, y es que el perfeccionismo no nace porque tú seas exigente por naturaleza, nace en algún momento en el que aprendiste que el amor, la atención o la seguridad llegaban condicionadas a hacerlo todo bien, y desde ahí el cuerpo se organizó para no volver a arriesgarse a fallar, aunque fallar sea, en realidad, lo más humano que existe.

Y aquí es donde toca pararnos un momento, porque una cosa es la exigencia que te empuja a crecer y otra muy distinta la que te persigue, la primera te deja cansado/a pero en paz, la segunda no te deja en paz nunca, ni siquiera cuando consigues lo que buscabas, y esa diferencia es la que solemos pasar por alto cuando confundimos autoexigencia con amor propio.

El origen: lo que aprendimos a cambio de aprobación

Muchas personas que llegan a consulta arrastrando este peso crecieron en casas donde el error se corregía con dureza, o donde el cariño llegaba más fácil cuando había una nota buena, un logro, algo que enseñar, y el niño o la niña que fuiste aprendió rápido la lección: si hago las cosas perfectas, me quieren mejor, si fallo, me arriesgo a algo que da miedo, y esa fórmula, tan infantil y tan comprensible entonces, se quedó pegada al cuerpo adulto sin que nadie la actualizara.

No se trata de buscar culpables ni de convertir la infancia en el único relato, se trata de entender que lo que hoy vives como una voz interior implacable un día fue, simplemente, una estrategia de supervivencia bastante lista, y que se puede agradecer lo que te protegió sin tener que seguir cargándolo para siempre.

El cuerpo también se cansa de exigir

El perfeccionismo no vive solo en la cabeza, vive en la mandíbula apretada, en el sueño que no descansa, en esa sensación de nudo en el estómago antes de entregar algo que ya sabes que está bien hecho, y es que el cuerpo lleva la cuenta de cada vez que te has exigido sin darte tregua, aunque la mente insista en que todavía puede más.

Cuando trabajamos esto en terapia, muchas veces no empezamos hablando de logros ni de listas de tareas, empezamos escuchando qué dice el cuerpo, dónde se tensa, qué evita, porque ahí suele estar la información que la cabeza, ocupada en seguir produciendo, no se permite mirar.

No naciste exigiéndote, aprendiste que así te querían mejor, y ahora toca aprender otra cosa: que se te puede querer también cuando fallas.

La trampa: cuanto más consigues, menos alivio sientes

Aquí está la parte más silenciosa y también la más cruel de esta dinámica, y es que el perfeccionismo promete un alivio que nunca llega del todo, porque en cuanto se cumple una meta, aparece la siguiente, y el listón sube solo, sin que nadie lo pida, y así hay personas que acumulan éxitos por fuera mientras por dentro sienten que nunca han sido suficiente, que es una de las paradojas más tristes que veo en consulta.

Yalom hablaba de la angustia que produce la libertad de elegir, y aquí pasa algo parecido: si nada es nunca suficiente, tampoco hay que enfrentarse a la pregunta incómoda de si esto que haces es realmente lo que quieres, o simplemente lo que te mantiene a salvo de sentirte insuficiente.

El reencuadre: elegir también es renunciar

Y aquí toca un reencuadre que a veces cuesta digerir: hacerlo todo bien no te protege de nada, solo te agota antes, porque la vida, con su ligero desorden, no se deja controlar del todo por mucho empeño que le pongamos, y aceptar eso no es rendirse, es empezar a vivir con los pies un poco más en el suelo.

A veces toca sentir y a veces toca pensar, y con el perfeccionismo suele tocar las dos cosas a la vez: pensar para entender de dónde viene esa exigencia, y sentir para permitirse, aunque sea un rato, la incomodidad de hacer algo simplemente bien, sin necesidad de que sea perfecto, y descubrir que el mundo no se cae.

Practicar el permiso: pequeños actos de suficiencia

No se trata de dejar de esforzarte ni de renunciar a lo que te importa, se trata de aprender a parar en el punto en el que algo ya está bien, aunque la voz interior insista en que todavía falta un poco más, y eso, aunque suene pequeño, es de las cosas más valientes que se pueden practicar.

Empezar por lo mínimo: enviar el correo sin releerlo una quinta vez, dejar la casa medio ordenada sin que eso signifique nada sobre quién eres, aceptar un no del todo perfecto en algo que hiciste, y notar, poco a poco, que sigues aquí, que sigues siendo válido/a, que nadie retira el cariño por eso.

Si te reconoces en esto, no hace falta que lo resuelvas solo/a

Podemos mirar juntos de dónde viene esa exigencia y qué otra forma de quererte es posible. Trabajo este tema en consulta en Hortaleza (Madrid) y también online.

También puedes leer más sobre este trabajo en la página de perfeccionismo y autoexigencia.

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Hola, soy Andrea

Soy psicóloga sanitaria en Hortaleza y online, pero también la que se planta en cualquier rincón del mundo dispuesta a explorarlo y probarlo todo, y la que tiene la casa tomada por figuritas de anime y manga que se van acumulando sin remedio (y sin arrepentimiento). En casa también manda Korgo, mi perro, que tiene una opinión clara sobre cuánto trabajo es demasiado trabajo.

Dentro de consulta, lo que busco es sencillo: sentarme a tu lado, sin juicios, a tu ritmo, y sin pedirte que lo hagas perfecto tampoco aquí. Cuídateme. 🫂

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