¿Alguna vez te ha pasado que el cuerpo se te dispara antes de que la cabeza entienda por qué?
Hoy quiero hablarte del trauma, y de que casi nunca vive donde creemos que vive, en el recuerdo, en la anécdota que podrías contar en una sobremesa, sino en el cuerpo, en cómo respiras, en lo que te sobresalta, en lo que te cuesta soltar. Soy Andrea Doadrio, psicóloga sanitaria en Hortaleza (Madrid), y hoy quiero contarte otra manera de mirarlo.
Qué es el trauma, en realidad
Cuando pensamos en trauma solemos imaginar algo grande y con nombre, un accidente, una guerra, una pérdida repentina, algo que se ve desde fuera y que cualquiera reconocería como tal. Pero el trauma casi nunca es tan de película, a veces es una infancia en la que tuviste que ser pequeño/a demasiado pronto, un cuidado que llegaba a rachas, una soledad sostenida que nadie llegó a ver.
Lo que hace que algo sea traumático no es tanto el tamaño del hecho, sino lo que tu sistema nervioso pudo hacer con él en ese momento, si tuvo a alguien con quien sostenerlo, si tuvo tiempo, si tuvo permiso para sentirlo. Cuando no lo tuvo, el cuerpo se queda con la tarea a medias, y sigue intentando terminarla, aunque el peligro ya haya pasado hace años.
El trauma no es lo que te pasó, es lo que tu cuerpo tuvo que hacer para sobrevivirlo, y a veces sigue haciendo aunque ya no haga falta.
El cuerpo recuerda lo que la mente prefiere olvidar
La mente es bastante hábil guardando las cosas en cajones, minimizando, racionalizando, siguiendo adelante como si nada. El cuerpo, en cambio, es mucho más honesto, y mucho más terco, sigue en alerta, sigue tenso, sigue reaccionando ante señales que le recuerdan a aquello, aunque tú ya lo hayas archivado como superado.
Por eso a veces te sobresaltas sin motivo aparente, o te cuesta respirar hondo, o notas el estómago cerrado antes de saber por qué. No es que estés exagerando ni que seas hipersensible, es tu sistema nervioso haciendo exactamente lo que aprendió a hacer, protegerte primero y explicarte después, si es que llega a explicarte algo.
El trauma no siempre grita
Hay un trauma ruidoso, el que se nota, y hay otro mucho más silencioso, el que se disfraza de hiperindependencia, de necesitar controlarlo todo, de no saber pedir ayuda ni parar, de rendir muchísimo por fuera mientras por dentro algo sigue en tensión. Ese trauma silencioso es el que más cuesta reconocer, precisamente porque funciona, y porque nadie diría que ahí hay una herida. Si notas que esto lleva tiempo pesándote más de lo que debería, en mi página sobre terapia de trauma cuento cómo trabajo este proceso.
En resumen: el trauma no vive tanto en el recuerdo como en cómo tu cuerpo sigue protegiéndote de algo que ya pasó.
Señales de que tu cuerpo sigue protegiéndote
Algunas de estas te sonarán más que otras, y no hace falta que te reconozcas en todas para que esto vaya contigo.
- Te sobresaltas fácil. Un portazo, un tono de voz alzado, y el cuerpo reacciona antes de que el pensamiento llegue.
- No terminas de relajarte. Incluso de vacaciones, como si una parte de ti siguiera vigilando por si acaso.
- Hay lugares, olores o gestos concretos que te encogen el estómago sin que sepas muy bien por qué.
- Te desconectas a mitad de una conversación, o de tu propio cuerpo, como si te fueras a otro sitio un rato.
- Duermes mal, o el cuerpo se queja con molestias que los análisis no terminan de explicar.
- Te cuesta poner límites, porque decir que no todavía se siente peligroso, aunque ya no lo sea.
Cómo empezar a acompañar a tu cuerpo
No se trata de forzar al cuerpo a calmarse de golpe, sino de enseñarle, poco a poco, que ya puede.
- Empieza por notar, sin juzgar, qué hace tu cuerpo cuando algo te remueve, antes de intentar cambiarlo.
- Busca pequeños anclajes al presente, los pies en el suelo, la respiración, algo frío entre las manos.
- Ve despacio. El cuerpo no se apura ni con la cabeza ni con la fuerza de voluntad, solo con seguridad repetida.
- Rodéate de personas con las que tu sistema nervioso pueda, por fin, bajar la guardia.
- Considera un acompañamiento especializado, como el EMDR, pensado precisamente para trabajar el trauma desde el cuerpo y no solo desde la palabra.
- Celebra lo pequeño, una noche que duermes mejor, un día que no te sobresaltas, son señales de que el cuerpo empieza a confiar.
A veces creemos que sanar el trauma es dejar de sentirlo, y no es eso, es que el cuerpo deje de defenderse de algo que ya no está. Es volver a habitarte sin estar en guardia todo el tiempo.
Y eso, como casi todo lo que de verdad importa, no se hace de golpe ni solo/a, se hace despacio, y mejor acompañado/a. 🫂
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